Tradujimos el otro día una frase sobre la peculiar historia de Alcestis y Admeto y aquí os la dejo para que la repaséis. Cuenta el mito
que, tras lograr Admeto la mano de Alcestis, no hizo el preceptivo sacrificio
de agradecimiento a Ártemis y esta, encolerizada, llenó de serpientes la
habitación nupcial. Apolo prometió aplacar a su hermana y le concedió, además,
a Admeto, el privilegio de que no muriese el día designado por los Hados,
siempre que encontrara alguien que muriese en su lugar.
Cuenta Eurípides en su drama satírico Alcestis que Admeto intentó en vano que
un mendigo o sus ancianos padres murieran en su lugar. Solo Alcestis, su amante
esposa, consintió en descender al Hades en su lugar. Sucedió, no obstante, que
visitó entonces Heracles el palacio de Admeto y al advertir las señales de
duelo y averiguar lo ocurrido con Alcestis, descendió a los infiernos y regresó
con ella, más hermosa que nunca. Según otra versión, habría sido la misma
Perséfone quien, admirada del sacrificio de la joven, la devolvió
espontáneamente a la luz.
Continuamos con nuestro viaje –por suerte, virtual-
por el inframundo grecolatino, con una de las más célebres historias de amor de
la Antigüedad
que, cómo no, lo es también de muerte. Es la historia de Orfeo y Eurídice y del
intento desesperado del primero por rescatar a la segunda.
Era
Orfeo un poeta tracio, hijo de la musa Calíope, que con su música y su canto
amansaba a las más salvajes fieras. Cuentan Virgilio y Ovidio que un día, su
esposa Eurídice, una bella ninfa, corría para escapar del acoso de un sátiro y
pisó por accidente a una serpiente que, encolerizada, la mordió. Murió Eurídice
antes de tiempo y su esposo Orfeo, armado tan solo con su lira y con su voz,
descendió a los Infiernos empeñado en recuperarla.
Se
encontró Orfeo a Caronte, el viejo y tacaño barquero, y tan solo con su música,
sin pagar peaje alguno, lo convenció para que lo llevara al otro lado de la
laguna Estigia. Allí lo esperaba el horroroso Cerbero, el perro de Hades, que
vigilaba la entrada y, sobre todo, la salida de los Infiernos. Tenía tres
cabezas de perro, su cola era una venenosísima serpiente y salpicaban su dorso
innumerables cabezas de reptil. Orfeo solo necesitó unos pocos tañidos de su
lira para volver a Cerbero tan manso e inofensivo como un caniche. Se dirigió
entonces al palacio de Hades y Perséfone –era invierno por entonces y la hija
de Deméter cumplía con sus obligaciones como esposa- y, a su paso, todas las
almas que en el Infierno penaban se olvidaban por un momento de sus tormentos y
creían haber alcanzado, al fin, la paz. Convenció, por último, con su canto al
inconmovible matrimonio infernal, a Hades y Perséfone, que, hechizados por él,
o tal vez no, impusieron tan solo una condición al regreso de Eurídice: esta
podría volver con Orfeo al mundo de los vivos, si y solo si él marchaba en
cabeza todo el camino y no se volvía a mirar a su esposa hasta que ambos
estuvieran a salvo bajo la luz del sol. Extraña condición, es cierto, y muy
difícil de cumplir. Pues ¿cómo podría Orfeo estar seguro de que su esposa lo
seguía de veras y de que no había sido burlado por el malvado Hades?
En
cualquier caso, aceptó. Al fin y al cabo, nadie dijo que los dioses les
pusieran las cosas fáciles a los mortales. Ambos se pusieron en marcha según lo
convenido. Él en cabeza, cantando y tocando alegremente, pues volvían por fin a
casa, y ella a su espalda, unos cuantos pasos por detrás. En el último momento,
sin embargo, Orfeo comenzó a temer: ¿tan grande era el poder de su lira? ¿no
estarían Hades y Perséfone riéndose a su costa y Eurídice aún sufriendo los
tormentos infernales? Y cuando ya empezaba a vislumbrarse la luz y a punto
estaban los enamorados de demostrar que el amor, como dijo Quevedo, es, en
efecto, más poderoso que la muerte, Orfeo se olvidó de la prohibición, se
volvió para mirar a Eurídice y esta se desvaneció al momento para siempre.
Triste,
¿verdad? Pues aún empeora. Orfeo no se recuperó jamás de la pérdida y vagó
hasta el fin de sus días como un alma en pena, fiel a la memoria de su esposa.
De hecho, un grupo de ménades o mujeres furiosas le dieron muerte, celosas del
fantasma de Eurídice. Le cortaron la
cabeza, despedazaron su cadáver y arrojaron los trozos al
río. Las Musas recogieron sus pedazos y los enterraron al pie del monte Olimpo.
Cuentan que, desde entonces, los ruiseñores cantan allí más dulcemente que en
ningún otro lugar. Y este fue el trágico final de Orfeo, el poeta enamorado que
desafió a la muerte. ¿Esperabais un final feliz? De veras lo siento. Nadie dijo
que la vida fuera justa. Tan solo es más justa que la muerte... a veces.
Mencionamos ya en varias ocasiones, creo, que los
Infiernos no tienen en la mitología clásica la connotación negativa que tienen para nosotros
por obra y gracia de la tradición cristiana. Me explico. Resultaban
temibles porque allí habitaba Hades,
el dios de los muertos,
y porque, como ahora, la muerte no era una perspectiva muy atractiva.
Sin embargo, en los Infiernos estaban tanto los justos como los
malvados. Infierno significaba, simplemente, “lo que está debajo”.
Dos de los mitos más célebres
relacionados con el inframundo son el rapto
de Perséfone y la trágica
historia de Orfeo y Eurídice. Vamos hoy con el primero.
Hades,
el Plutón
latino, recibía también el nombre eufemístico
del “invisible” por parte de aquellos que temían atraerlo, al
pronunciar su nombre. Reinaba sobre los muertos de manera cruel y
despiadada junto con su esposa Perséfone,
la
Proserpina de los latinos.
Hubo un tiempo, sin embargo, en que Perséfone habitaba entre los
vivos como una alegre muchacha. Tan alegre era, de hecho, que su
malvado tío Hades -¡sí, su tío!- se enamoró de ella y la raptó
para que reinara junto a él en los Infiernos. Su madre Deméter,
diosa de la tierra, los cereales y la agricultura,
la buscó en vano durante nueve días, mas, al llegar el décimo,
escuchó el rumor de que Perséfone había sido raptada por Hades.
Decidió entonces, furiosa, no regresar al Olimpo. Adoptó la forma
de una anciana y se sentó en una piedra a lamentarse. En su
ausencia, la tierra dejó de dar fruto y los hombres y animales
comenzaron a morir de hambre. Ese habría sido ciertamente nuestro
final, si no hubieran intervenido los dioses.
Zeus envió a Hermes,
su mensajero,
en busca de Deméter, pero ella se negó a retomar sus labores si no
recuperaba a su hija. Acudió entonces Hermes al Infierno y allí
intentó que Hades devolviera a la muchacha. Sin embargo, tan malvado
como astuto, Hades se las ingenió para que la muchacha comiera unos
granos de granada. ¿Y qué? Me diréis. Resulta que, según una ley
ancestral, todo aquel que hubiera probado la comida del inframundo,
debía permanecer para siempre junto a los muertos. Perséfone
estaba, pues, condenada. Y con ella la raza humana, pues ¿de qué se
iban a alimentar los hombres si Deméter no permitía que las
semillas germinasen? Se llegó entonces al salomónico acuerdo de que
Perséfone pasara la mitad del año en la tierra y la otra mitad en
los Infiernos. Pero esto vosotros ya lo sabéis, porque, cuando
Perséfone se reúne con su madre en las estaciones que llamamos
Primavera y Verano, todo cobra vida. Cuando, al contrario, es
arrebatada de nuevo a los Infiernos junto a su esposo Hades, las
hojas caen y el suelo se vuelve estéril. Se trata, claro está, del
Otoño y el Invierno.
Este mito, que da explicación de la
sucesión de las estaciones, es lo que se denomina mito etiológico,
pues da cuenta de las causas (< αἰτία,
“causa”).
En la próxima entrega nos ocuparemos de
Orfeo y Eurídice pero no me resisto a dejar aquí un magnífico clip
extraído de El sentido de la vida de los Monty Python, sobre lo que
ocurre cuando la Muerte, “la de la guadaña”, se junta con los
vivos. ¡Todo el mundo a reír!
¿Alguna
vez has dicho de alguien que tenía un aire muy marcial? ¿Dedicas, quizá, tu
tiempo libre a la práctica de las artes así llamadas, marciales? ¿Te has
preguntado alguna vez cuál es el origen de tal adjetivo? "Marcial”
tiene su origen en el adjetivo latino martialis, -e, a su vez derivado
de Mars, Martis, el dios de la guerra.
Marte
es el dios de la guerra romano, identificado con el Ares griego. Hijo de Zeus y
de Hera (Júpiter y Juno en el mundo romano), se le representa con coraza y
casco y armado de escudo, lanza y espada. La mayoría de mitos en los que
interviene son mitos guerreros, aunque no siempre resulta vencedor. Con frecuencia,
los griegos presentan su fuerza bruta contenida o burlada por la más astuta de
Heracles o la prudencia de Atenea.
Se
le relaciona con frecuencia con Afrodita, diosa del amor, que estaba casada con
Hefesto, el dios cojo de la fragua. Relata Homero cómo un día Ares y Afrodita
fueron sorprendidos por el Sol, que fue a contar la aventura a Hefesto. Este
preparó una trampa, una red mágica. Una noche en la que los dos amantes estaban
en el lecho de Afrodita, Hefesto cerró la red sobre ellos y llamó a todos los
dioses del Olimpo.
Poco después de prometerse a su
novio Larry, Piper Chapman, neoyorquina de bien, ingresa en la prisión de
mínima seguridad de Litchfield para cumplir quince meses de condena por un
delito de su loca, loca juventud. Pronto descubre que, pese a las aparentemente
enormes diferencias con el resto de internas, todas son, en último término,
víctimas de sus propios errores y de decisiones equivocadas. Hablamos, claro
está, de Orange is the new black, una
comedia demoledora cuyas dos primeras temporadas –la tercera, no tanto- no
deberíais perderos.
En el clip que podéis ver a
continuación asistimos a uno de sus flash-backs
característicos, que nos permite ver cómo se conocieron Red y Vee, fieras
antagonistas durante la segunda temporada. Cuenta Red cómo organizó una red de
contrabando cuyos tentáculos penetran incluso en el penal de Litchfield y cómo,
una vez que ella entró en prisión, todo empezó a venirse abajo. Para empezar,
¿cómo un distribuidor de verdura va a llamarse Neptuno?
Neptuno, Poseidón en su advocación griega, era,
en efecto, el dios del mar y su nombre, en consecuencia, era más adecuado para
un distribuidor de pescado. Se presentaba habitualmente en carro de caballos, con cola de pez y portando su arma distintiva,
el tridente. Con él agita los mares
en las tormentas –que se lo digan a Odiseo- y las entrañas de la tierra en los
terremotos. Es la personificación de las fuerzas elementales y violentas del
mar y los terremotos.
Es el padre de buena parte de las
criaturas monstruosas que poblaban los relatos míticos griegos: Pegaso, el
caballo alado; Anteo, el gigante; Polifemo, el cíclope, etc.
Nueva York, un verano cualquiera
de la década de los ’90. Un chiflado amenaza con hacer explotar una bomba si
John –Bruce Willis- McLane, detective en horas bajas, no sigue sus
instrucciones. Estas pasan por pasearse por Harlem, desnudo, con la única
“protección” de un cartel que reza “odio a los negros”. Se salva del
linchamiento colectivo gracias a la intervención de Zeus, Samuel L. Jackson,
que responde como sigue al error que McLane comete con su nombre.
En efecto, Zeus, Júpiter para los
romanos, se identifica habitualmente con el rayo. Fue el gran dios de las tormentas
y el ordenador del cielo y la
Tierra. Luchó contra su padre Cronos
y los titanes para obtener el poder de los cielos y es el principal
de los dioses del Olimpo. Desde su
trono, armado con el rayo, vela por todo lo que ocurre.
Pasó su infancia en Creta, donde
fue escondido por su madre Rea para evitar que fuera devorado por su padre
Cronos.
Saturno devorando a su hijo, Francisco de Goya
Son también muy célebres sus amoríos con otras diosas y humanas. Los celos
y vigilancia de su esposa Hera lo obligan a realizar pintorescas
transformaciones: toro, cisne, lluvia de oro, etc. De todas estas uniones
surgen seres diversos: las Musas (de su unión con Mnemósine, la Memoria),
Perséfone (con Deméter), Atenea (con Metis, a la que se tragó, ya embarazada),
Hefesto y Ares (con su esposa Hera), etc.
Los orígenes de la cultura
griega se hallan en la isla de Creta,
donde entre el III y el II milenio a. C.
se desarrolló la civilización minoica.
¿Qué es esto de minoico? ‘Minoico’ es un adjetivo derivado de Minos. Según el
mito, la leyenda, Minos era el hijo
del dios Zeus y de Europa. Para resolver la cuestión de quién debía ser el rey de Creta y probar que él, Minos, y
no sus hermanos, tenía el apoyo de los dioses, rogó a Poseidón, dios del mar,
que enviara un toro del mar y le prometió sacrificarlo en su honor. Poseidón
envió el toro pero Minos quiso conservarlo. Poseidón, encolerizado por el
incumplimiento de la promesa, hizo que Pasífae, esposa de Minos, desarrollara
un amor monstruoso por el famoso toro. Se disfrazó de ternera y concibió -¡horror!- un ser
mitad hombre, mitad toro, el Minotauro. Avergonzado, Minos ordenó a Dédalo que
construyera un laberinto donde encerrar al monstruo: el laberinto de Cnosos. Allí vivía encerrado alimentándose de los
jóvenes que la ciudad de Atenas mandaba cada año como tributo.
El caso es que cuando en el
siglo XIX un arqueólogo llamado Arthur Evans desenterró en Cnosos (Creta) restos de un
palacio que le recordó al laberinto del mito, decidió llamar a la cultura que
desenterró civilización minoica.
Representación de la diosa madre, símbolo de la fertilidad
Fresco del palacio de Cnosos que representa el juego del salto del toro
Fresco de delfines, también del palacio de Cnosos
Palacio de Cnosos. La pintura es fruto de la reconstrucción polémica del palacio que hizo Arthur Evans
Arthur Evans
Después de años de alimentarse de los muchachos y muchachas que
desde Atenas se veían obligados a enviarle al rey Minos cada siete o nueve
años, según las versiones, el Minotauro acabó muriendo a manos -o mejor, puños-
de Teseo. Teseo era el hijo de Egeo, el rey de Atenas, y harto
de ver cómo los atenienses morían devorados por el Minotauro, se ofreció como
voluntario como tributo -¿os suena?-. Cuando llegó a Cnosos -en Creta,
recordad-, Ariadna, hija de Minos y
Pasífae, se enamoró a primera vista de él y le ofreció sabios consejos para
acabar con el monstruo y, sobre todo, conseguir salir del inextricable
laberinto. Cuando se adentrara en él, debía ir desenrollando un hilo que le indicara posteriormente el
camino que debía hacer a la inversa. A cambio de su ayuda debía, eso sí,
llevarla con él a Atenas, pues de otro modo ella sufriría la ira de su padre Minos.
Teseo accedió y, por supuesto, consiguió derrotar al Minotauro con sus golpes y
salir del laberinto gracias al ingenio de Ariadna. Sin embargo, no le fue muy leal
a la princesa, pues la abandonó en una isla de camino a Atenas. Eso sí, a ella
no le duró mucho el disgusto, pues pronto se encontró con Dioniso, el dios griego del vino y el desenfreno -el Baco de los
romanos,de ahí lo de bacanal-, que la convirtió en su esposa. En
cuanto a la llegada de Teseo a Atenas, no fue del todo triunfal. Tan satisfecho
iba de sí mismo, que olvidó que había acordado con su padre Egeo que si la
expedición tenía éxito debía izar en el barco velas blancas. Su padre aguardaba
impaciente en la costa y, al ver el barco sin las velas blancas, entendió que
Teseo había fracasado y muerto. No pudo soportar el dolor y se suicidó
arrojándose al mar, que, desde entonces, pasó a llamarse Egeo. Este es uno de los mitos
griegos más célebres y pervive aún en la cultura popular. Como muestra, aquí tenéis una escena célebre de El nombre de la rosa, la magnífica
novela de Umberto Eco y película de Jean Jacques Annaud, en que sus protagonistas consiguen salir de la
enrevesada biblioteca gracias a que Adso recuerda el ingenio de Ariadna.
Ya lo veis, mis jóvenes amigos,
tan solo hace falta prestar algo de atención para descubrir que la cultura
clásica sigue muy, muy viva.