viernes, 23 de octubre de 2020

QUE CANTE EL AEDO: LA ÉPICA GRIEGA (I)


Fue en la época arcaica donde debieron fijarse en su forma definitiva -que no ponerse por escrito, como veremos- los poemas homéricos: la Ilíada y la Odisea. Con ellos se inaugura la literatura occidental y no es casual que se incluyan dentro del género épico, pues son muchas las literaturas que se inician de forma similar. Así, la literatura india se inaugura con el Mahabharata y el Ramayana, la castellana con el Poema del Mio Cid y la francesa con el Cantar de Roldán. No debe extrañarnos tal coincidencia, pues la épica es un género narrativo, es decir, cuenta una historia y, como tal, ha sido a lo largo de la historia un género tremendamente popular.
Pero ¿qué es la épica? El término épica se relaciona con el griego ἔπος, que significaba “palabra cantada”, lo que alude a su transmisión. En efecto, los poemas épicos se transmitieron durante siglos de forma oral, por parte de los aedos (del griego ἀείδω, “cantar”), que iban de aldea en aldea cantando hazañas de varones (κλέα ἀνδρῶν).
Hoy en día el género épico apenas tiene representantes, aunque pervive, por supuesto, en las crónicas deportivas más exaltadas y también, en cierta manera, en historias fantásticas como El señor de los anillos. Aquí os dejo una muestra de la célebre versión cinematográfica de esta.


Para una cultura como la nuestra, donde la memoria tiene cada vez un papel menor, puede resultar inconcebible que los aedos fueran capaces de memorizar y cantar sin apoyo alguno un caudal de versos como el de la Ilíada y la Odisea, pero los estudios de Milman Parry a comienzos del siglo XX demostraron que aún había en Serbia aedos capaces de tal hazaña. Los recursos mnemotécnicos eran similares:
1. Uso de fórmulas y epítetos de forma fija, que se repetían siempre en el mismo lugar del verso: “Aquiles, de pies ligeros”, “Hera, de blancos brazos”, “la Aurora, de dedos rosados”, “Odiseo, de muchos recursos”... 
Estas repeticiones habían sido señaladas como defecto, como demérito, por quienes en el contexto de la polémica entre Antiguos y Modernos defendían la superioridad de los últimos sobre los primeros.
2. El ritmo dactílico. Ilíada y Odisea están compuestas en versos hexámetros, con una estructura fija:
ˉ˘˘/ˉ˘˘/ˉ˘˘/ˉ˘˘/ˉ˘˘/ˉˉ/
De la misma manera que la melodía y el ritmo de una canción nos ayudan a memorizar su letra, así funcionaba el verso en los poemas.
Prestad atención a nuestras lecturas de pasajes homéricos. Ahora ya sabéis el porqué de tantas repeticiones. Con esto creo, os habéis hecho una idea de cómo se compusieron los poemas homéricos pero ¿qué hazañas contaban? De ello hablaremos en próximas entradas. 
ANEXO: LA CUESTIÓN HOMÉRICA 
Se denomina cuestión homérica a la discusión que durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX se mantuvo entre la escuela analítica y la escuela unitaria.
- La escuela analítica: consideraba que tanto Ilíada como Odisea presentaban numerosas contradicciones internas, rasgos dialectales diversos, etc., que apuntaban a que cada una de ellas no serían obra de un único autor sino el producto de la unión de composiciones orales preexistentes. Serían el resultado, por así decirlo, de "corta-pega" de obras previas.
- La escuela unitaria: consideraba, en cambio, que cada obra tenía un sentido propio y parecía el resultado de la inspiración de un autor -llamémoslo Homero-, y que no sería así si fueran el resultado de la simple yuxtaposición de obras menores. Dentro de esta última escuela hay quien defiende, eso sí, que Ilíada y Odisea no son obra de un mismo autor.

miércoles, 21 de octubre de 2020

UNA DE ARENGAS, ¡POR SAN CRISPÍN!



Redoblen los tambores y suenen los clarines, resuene el olifante y llame a la batalla, pues por allí se asoma, amigos, el día de San Crispín. El 25 de octubre celebraremos el sexcentésimo décimo aniversario de la heroica batalla de Agincourt (1415), en la que un mermado ejército inglés comandado por Enrique V derrotó a las, en principio, muy superiores fuerzas francesas. 
 
Cuentan los libros de historia que la clave de tan inesperada victoria fue la destreza de los arqueros ingleses, más capaces que una caballería francesa entorpecida por la lluvia y el barro. Sin embargo, el más célebre dramaturgo que en el mundo ha sido, William Shakespeare, le atribuye el mérito de la victoria a la arenga que, poco antes de la batalla, pronunció el mismo rey Enrique V ante sus desanimados hombres. 

Para aquellos que no sepáis lo que es una arenga, es lo que los horteras manuales de autoayuda llamarían discurso de motivación. Nosotros, ya lo sabéis, reivindicamos lo simple, así que nos quedamos, por supuesto, con el término arenga, y reivindicamos también la magia y el poder de la palabra, así que estamos encantados de darle a Shakespeare y a su locuaz Enrique V el crédito que la Historia le ha dado a la estrategia militar. Os dejo con Su Majestad, tal cual lo representa para la gran pantalla Sir Kenneth Branagh. 



En opinión de quien os habla, es esta la arenga más hermosa jamás escrita, pero, por supuesto, no la única. El cine, de hecho, está plagado de discursos de este tipo y aquí os dejo una selección que espero funcione como es debido y os inspire en vuestros particulares días de San Crispín. ¡A trabajar, valientes!

LOS INICIOS DE LA MONARQUÍA (II): HORACIOS Y CURIACIOS



El siguiente rey de Roma fue Numa Pompilio, al que las historias nos presentan como un rey filósofo y pacífico, entregado a la reflexión, que dedicó su reinado a la unificación de la religión de los diversos pueblos –los propios romanos, los sabinos y los etruscos- que habían confluido en Roma.

Mucho más inquieto fue su sucesor, Tulo Hostilio, que, ansioso por expandir el territorio de Roma, llevó la guerra contra Alba Longa. Dio la casualidad de que coincidieron en los dos ejércitos enemigos dos pares de trillizos: los Curiacios por el lado albano y los Horacios por el lado Romano. Decidieron ambos ejércitos que la suerte de la guerra se decidiera en un combate entre Horacios y Curiacios. Pronto adquirieron ventaja los Curiacios, que dieron muerte a dos de los Horacios. El tercer Horacio, viéndose en inferioridad contra los tres Curiacios y sabedor de que su única posibilidad era enfrentarse a cada rival por separado, echó a correr para que cada enemigo lo siguiera en la medida de sus posibilidades. Cuando lo alcanzaba el segundo Curiacio ya el Horacio había dado muerte al primero. Y para cuando el tercer Curiacio quiso ponerse a su altura, ya el Horacio había acabado con el segundo. Quedaba pues la suerte de la guerra en manos de un combate singular en el que el Horacio acabó con el último Curiacio.

Sin embargo, uno de los Curiacios muertos estaba prometido a la hermana de los Horacios y cuando esta vio llegar a su hermano con los despojos de su prometido, comenzó a lamentarse. Se encolerizó el Horacio por este lamento a destiempo que venía a estropear su gran momento de gloria y atravesó a su hermana con la espada. Los romanos, horrorizados por el crimen, llevaron a juicio al Horacio, al que sólo salvó de la condena a muerte una intervención in extremis de su padre, que rogó a los jueces que no lo dejaran sin hijos –de cuatro que tenía- en un solo día.