viernes, 2 de octubre de 2020

LOS ORÍGENES DE ROMA: HOMO HOMINI LUPUS



Bemidji, Minnesota (EE.UU). Un frío que corta la respiración y un asesino a sueldo incapaz de empatía alguna que se ve obligado a detenerse en tan anodino pueblo por un accidente casual. Tal es el punto de partida de Fargo, una magnífica serie que no deberíais perderos; no solo por su calidad, sino porque, como buena parte de la ficción televisiva contemporánea, incluye alguna que otra referencia al mundo clásico. Aquí os dejo un pequeño botón de muestra.


Al volante, Malvo, nuestro asesino a sueldo. De pasajero, un más que angustiado “Griego”. Y un diálogo más que significativo que plantea interesantes cuestiones:
1. ¿A qué se refiere Malvo con su metáfora de los romanos como lobos?
2. ¿A qué autor latino debemos la máxima que da título a esta entrada y que se puede traducir como “el hombre es un lobo para el hombre”? ¿Qué filósofo la popularizó muchos siglos después?
3. ¿A qué se refiere “el Griego” al aludir a la condición cristiana de san Lorenzo para explicar su martirio?
                                                          

1. Empecemos, como es preceptivo, por el principio. Y los principios se pierden en la nebulosa de los tiempos, en la misma guerra de Troya o, incluso, más atrás. Cuenta la leyenda que, enfadada por no haber sido invitada a las fastuosas bodas de Tetis y Peleo, Eris, la Discordia, lanzó una manzana en mitad del banquete que debía ir a parar a la diosa más bella: Hera, Atenea o Afrodita. De ahí la expresión “la manzana de la discordia”. Eligieron estas como juez a Paris, príncipe troyano. No fue aquel, sin embargo, un juicio del todo limpio, pues cada una ofreció al troyano un soborno para ser la elegida. Se decantó Paris por Afrodita, que le había ofrecido el amor incondicional de la mujer más bella que había sobre la faz de la tierra, Helena, por entonces esposa del rey espartano Menelao. Enamorado Paris de Helena y esta de Paris, huyeron ambos a Troya para escarnio de Menelao, que acudió a su hermano Agamenón, rey de Micenas, en busca de venganza.
Reunieron ambos hermanos un gran ejército de griegos –entre los que se encontraban Aquiles y Odiseo- y durante diez largos años lucharon a los pies de Troya, gran ciudad amurallada. Fue en vano. Troya era inexpugnable. Lo fue, al menos, hasta que Odiseo, héroe de muchos recursos, ideó un plan genial. Engañarían a los troyanos haciéndoles creer que se habían retirado y marchado a Grecia y dejarían como única huella un enorme caballo de madera en cuyo interior se esconderían los mejores guerreros griegos. Los troyanos, pese a las advertencias de Casandra y de Laoconte –“temo a los griegos, incluso cuando traen regalos”-, cayeron en la trampa y por la noche salieron los griegos del interior del caballo y pasaron a sangre y a fuego la ciudad de Troya, que durante diez años había resistido a una guerra abierta a la luz del día. 


Sin embargo, uno de los príncipes troyanos, Eneas, consiguió escapar gracias a la advertencia de la sombra del difunto Héctor, que se le apareció en sueños para advertirle del peligro y encomendarle la fundación de una nueva Troya –he aquí la futura Roma-. Escapó Eneas de Troya junto con su padre Anquises, su hijo Ascanio –también llamado Iulo- y su mujer Creusa, a la que perdió en la confusión de la noche. Tras múltiples aventuras y desventuras por el Mediterráneo –entre ellas sus amoríos en Cartago con la reina Dido-, llegó Eneas a la Península Itálica, a la región del Lacio, regida por el rey Latino, con cuya hija Lavinia terminó por casarse tras derrotar a los rútulos. Ambos fundaron una ciudad de nombre Lavinio, de la que partió Ascanio para fundar Alba Longa.
Tras varias generaciones, llegaron al trono de Alba Longa dos hermanos, Numítor y Amulio. Pero Amulio aspiraba a gobernar en solitario y desterró a su hermano y mató a toda su descendencia. ¿A toda? ¡No! Deja con vida a Rea Silvia, que, como vestal, estaba obligada a permanecer virgen y, en consecuencia, no tendría descendencia. Pero hete aquí que un día, mientras Rea Silvia dormía en un bosque, el dios Marte se enamoró de ella, la violó y la dejó encinta.
Rea Silvia tuvo a dos hermanos, Rómulo y Remo, noticia que encolerizó a Amulio, que hizo que los abandonaran en el río para que se ahogaran. Sin embargo, la cesta en la que fueron abandonados encalló en un recodo, donde los recogió una loba que los crió como propios. Las malas lenguas dicen que no hubo tal loba sino una prostituta –de ahí, lo de “loba”- de nombre Acca Laurentia. 


Cuando crecieron, Rómulo y Remo averiguaron su verdadero origen y retornaron a Alba Longa, donde derrotaron a Amulio, restituyeron a Numítor en el trono y marcharon para fundar una nueva ciudad en el lugar donde el cesto encalló milagrosamente. ¿Cómo llamar, sin embargo, a la nueva ciudad? ¿Quién había de decidir el nombre? Ambos hermanos acordaron, una vez fijados sus límites, que aquel que viera más aves sería el responsable de “bautizar” la nueva ciudad. Venció Rómulo y Remo, encolerizado por su derrota, traspasó con intencion hostil los límites previamente fijados, de modo que Rómulo le dio muerte. ¡He aquí Roma! Según Tito Livio, historiador romano del s. I a. C.- I d. C., dicha fundación tuvo lugar en el 753 a. C., fecha que adoptaron los romanos para datar: “tantos años ab urbe condita” (= tantos años desde la fundación de la ciudad).
Resta, pues, dar respuesta a las preguntas 2. y 3. y esa es, amigos míos, vuestra tarea para el próximo día. ¡A ello!

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