miércoles, 30 de mayo de 2018

CONTENIDOS PARA EL EXAMEN TEÓRICO DE LA TERCERA EVALUACIÓN



El teatro griego I
La tragedia griega
Al principio de todo...
Alcestis y Admeto
Geografía Infernal I: El rapto de Perséfone
Geografía Infernal II: Orfeo y Eurídice

lunes, 21 de mayo de 2018

EL CALENDARIO ROMANO



Veíamos el otro día a propósito de la erupción del Vesubio que se produjo el 24 de agosto del año 79 d. C. Sin embargo, a la hora de indicar la fecha, Plinio el Joven, el autor de la carta en que se describe la erupción, lo hacía de una manera que nos puede resultar un tanto extraña o llamativa: ante diem IX Kal(endas) Sep(tembres), es decir, “nueve días antes de las Kalendas de septiembre”.
Digamos, para empezar, que el término “calendario” deriva precisamente del nombre latino kalendas, que era el nombre que recibía el primer día de mes y coincidía con la aparición de la luna nueva. Solo tres días al mes tenían nombre propio:
El día 1: Kalendae: las calendas
El día 5: Nonae: las nonas
El día 13: Idus: los idus (El célebre asesinato de Julio César tuvo lugar en los idus de marzo del 44 a. C.)
En los meses de marzo, mayo, julio y octubre (acordaos de la regla mnemotécnica marmajulo) las nonas eran el 7 y los idus el 15.
Cuando la fecha que se quería indicar no coincidía exactamente con esos días, se indicaba que había sucedido el día antes –o el día después- de estos, o bien tantos días antes de la fecha de referencia posterior más próxima, como en el caso de la erupción del Vesubio.
En origen el calendario constaba de diez meses (de marzo a diciembre) y esa es la razón por la que septiembre, que para nosotros es el noveno mes, se forma sobre el numeral septem (“siete); octubre, que para nosotros es el décimo mes, se forma sobre el numeral octo (“ocho”); noviembre, que para nosotros es el undécimo mes, se forma sobre el numeral novem (“nueve”); y diciembre, que para nosotros es el duodécimo mes, se forma sobre el numeral decem (“diez”). En sucesivas reformas se añadieron dos meses, enero y febrero, y la duración del año pasó a ser de 365 días. La forma actual de nuestro calendario se la debemos, mutatis mutandis, a Julio César.
Los meses tomaban su nombre, por lo general, de los dioses:



CALENDARIO JULIANO
ORDEN
NOMBRE
ORIGEN DEL NOMBRE
1
ianuarius
dios Jano, dios de los principios
2
februarius
dios Februo, dios etrusco de la muerte y purificación
3
martius
dios Marte
4
aprilis
 apru palabra etrusca para “espuma” (Afrodita) // o bien aperio (“abrir”)
5
maius
diosa Maya, relacionada con la fertilidad y el crecimiento de los seres vivos
6
iunius
diosa Juno
7
iulius
Julio César
8
augustus
Augusto
9
september
el numeral siete
10
october
el numeral ocho
11
november
el numeral nueve
12
december
el numeral diez

Los días de la semana se relacionan también con los dioses



DÍAS DE LA SEMANA
NOMBRE
NOMBRE LATINO
ORIGEN
lunes
Lunae dies
día de la Luna
martes
Martis dies
día de Marte
miércoles
Mercurii dies
día de Mercurio
jueves
Iovis dies
día de Júpiter
viernes
Veneris dies
día de Venus
sábado
Sabbatis dies
día del Sabbath (influencia judía)
domingo
Domini dies
día del Señor (influencia cristiana)

Curiosidad: existe un latinismo, ad kalendas graecas, “para las kalendas griegas”, que se emplea para referirse a que algo sucede tarde, mal y nunca.

martes, 8 de mayo de 2018

GEOGRAFÍA INFERNAL II: ORFEO Y EURÍDICE



Continuamos con nuestro viaje –por suerte, virtual- por el inframundo grecolatino, con una de las más célebres historias de amor de la Antigüedad que, cómo no, lo es también de muerte. Es la historia de Orfeo y Eurídice y del intento desesperado del primero por rescatar a la segunda.
Era Orfeo un poeta tracio, hijo de la musa Calíope, que con su música y su canto amansaba a las más salvajes fieras. Cuentan Virgilio y Ovidio que un día, su esposa Eurídice, una bella ninfa, corría para escapar del acoso de un sátiro y pisó por accidente a una serpiente que, encolerizada, la mordió. Murió Eurídice antes de tiempo y su esposo Orfeo, armado tan solo con su lira y con su voz, descendió a los Infiernos empeñado en recuperarla.
Se encontró Orfeo a Caronte, el viejo y tacaño barquero, y tan solo con su música, sin pagar peaje alguno, lo convenció para que lo llevara al otro lado de la laguna Estigia. Allí lo esperaba el horroroso Cerbero, el perro de Hades, que vigilaba la entrada y, sobre todo, la salida de los Infiernos. Tenía tres cabezas de perro, su cola era una venenosísima serpiente y salpicaban su dorso innumerables cabezas de reptil. Orfeo solo necesitó unos pocos tañidos de su lira para volver a Cerbero tan manso e inofensivo como un caniche. Se dirigió entonces al palacio de Hades y Perséfone –era invierno por entonces y la hija de Deméter cumplía con sus obligaciones como esposa- y, a su paso, todas las almas que en el Infierno penaban se olvidaban por un momento de sus tormentos y creían haber alcanzado, al fin, la paz. Convenció, por último, con su canto al inconmovible matrimonio infernal, a Hades y Perséfone, que, hechizados por él, o tal vez no, impusieron tan solo una condición al regreso de Eurídice: esta podría volver con Orfeo al mundo de los vivos, si y solo si él marchaba en cabeza todo el camino y no se volvía a mirar a su esposa hasta que ambos estuvieran a salvo bajo la luz del sol. Extraña condición, es cierto, y muy difícil de cumplir. Pues ¿cómo podría Orfeo estar seguro de que su esposa lo seguía de veras y de que no había sido burlado por el malvado Hades?
En cualquier caso, aceptó. Al fin y al cabo, nadie dijo que los dioses les pusieran las cosas fáciles a los mortales. Ambos se pusieron en marcha según lo convenido. Él en cabeza, cantando y tocando alegremente, pues volvían por fin a casa, y ella a su espalda, unos cuantos pasos por detrás. En el último momento, sin embargo, Orfeo comenzó a temer: ¿tan grande era el poder de su lira? ¿no estarían Hades y Perséfone riéndose a su costa y Eurídice aún sufriendo los tormentos infernales? Y cuando ya empezaba a vislumbrarse la luz y a punto estaban los enamorados de demostrar que el amor, como dijo Quevedo, es, en efecto, más poderoso que la muerte, Orfeo se olvidó de la prohibición, se volvió para mirar a Eurídice y esta se desvaneció al momento para siempre. 
Triste, ¿verdad? Pues aún empeora. Orfeo no se recuperó jamás de la pérdida y vagó hasta el fin de sus días como un alma en pena, fiel a la memoria de su esposa. De hecho, un grupo de ménades o mujeres furiosas le dieron muerte, celosas del fantasma de Eurídice. Le cortaron la cabeza, despedazaron su cadáver y arrojaron los trozos al río. Las Musas recogieron sus pedazos y los enterraron al pie del monte Olimpo. Cuentan que, desde entonces, los ruiseñores cantan allí más dulcemente que en ningún otro lugar. Y este fue el trágico final de Orfeo, el poeta enamorado que desafió a la muerte. ¿Esperabais un final feliz? De veras lo siento. Nadie dijo que la vida fuera justa. Tan solo es más justa que la muerte... a veces.

lunes, 7 de mayo de 2018

GEOGRAFÍA INFERNAL (I): EL RAPTO DE PERSÉFONE

Hablábamos el otro día de Asclepio y de su sorprendente talento para traer de vuelta a los muertos y lo cierto es que apenas hemos hablado nada de los Infiernos y su particular geografía. Sí habíamos mencionado, creo, que los Infiernos no tienen la connotación negativa que tienen para nosotros por obra y gracia de la tradición cristiana. Me explico. Resultaban temibles porque allí habitaba Hades, el dios de los muertos, y porque, como ahora, la muerte no era una perspectiva muy atractiva. Sin embargo, en los Infiernos estaban tanto los justos como los malvados. Infierno significaba, simplemente, “lo que está debajo”.
Dos de los mitos más célebres relacionados con el inframundo son el rapto de Perséfone y la trágica historia de Orfeo y Eurídice. Vamos hoy con el primero.
Hades, el Plutón latino, recibía también el nombre eufemístico del “invisible” por parte de aquellos que temían atraerlo, al pronunciar su nombre. Reinaba sobre los muertos de manera cruel y despiadada junto con su esposa Perséfone, la Proserpina de los latinos. Hubo un tiempo, sin embargo, en que Perséfone habitaba entre los vivos como una alegre muchacha. Tan alegre era, de hecho, que su malvado tío Hades -¡sí, su tío!- se enamoró de ella y la raptó para que reinara junto a él en los Infiernos. Su madre Deméter, diosa de la tierra, los cereales y la agricultura, la buscó en vano durante nueve días, mas, al llegar el décimo, escuchó el rumor de que Perséfone había sido raptada por Hades. Decidió entonces, furiosa, no regresar al Olimpo. Adoptó la forma de una anciana y se sentó en una piedra a lamentarse. En su ausencia, la tierra dejó de dar fruto y los hombres y animales comenzaron a morir de hambre. Ese habría sido ciertamente nuestro final, si no hubieran intervenido los dioses.
Zeus envió a Hermes, su mensajero, en busca de Deméter, pero ella se negó a retomar sus labores si no recuperaba a su hija. Acudió entonces Hermes al Infierno y allí intentó que Hades devolviera a la muchacha. Sin embargo, tan malvado como astuto, Hades se las ingenió para que la muchacha comiera unos granos de granada. ¿Y qué? Me diréis. Resulta que, según una ley ancestral, todo aquel que hubiera probado la comida del inframundo, debía permanecer para siempre junto a los muertos. Perséfone estaba, pues, condenada. Y con ella la raza humana, pues ¿de qué se iban a alimentar los hombres si Deméter no permitía que las semillas germinasen? Se llegó entonces al salomónico acuerdo de que Perséfone pasara la mitad del año en la tierra y la otra mitad en los Infiernos. Pero esto vosotros ya lo sabéis, porque, cuando Perséfone se reúne con su madre en las estaciones que llamamos Primavera y Verano, todo cobra vida. Cuando, al contrario, es arrebatada de nuevo a los Infiernos junto a su esposo Hades, las hojas caen y el suelo se vuelve estéril. Se trata, claro está, del Otoño y el Invierno.
Este mito, que da explicación de la sucesión de las estaciones, es lo que se denomina mito etiológico, pues da cuenta de las causas (< αἰτία, “causa”).
En la próxima entrega nos ocuparemos de Orfeo y Eurídice pero no me resisto a dejar aquí un magnífico clip extraído de El sentido de la vida de los Monty Python, sobre lo que ocurre cuando la Muerte, “la de la guadaña”, se junta con los vivos. ¡Todo el mundo a reír!

viernes, 4 de mayo de 2018

AL PRINCIPIO DE TODO...



¿Qué es un mito? Un mito es un cuento, un relato tradicional, que se ha transmitido, sobre todo, de forma oral, y que explica el origen del mundo, del ser humano, de los fenómenos naturales, de la técnica, etc. Es, pues, un intento de dar una explicación del mundo y en ellos suelen intervenir dioses y héroes.
Aquí hemos hablado ya, entre otros, del ciclo cretense (Minos y Pasífae, el minotauro, Teseo y Ariadna, Dédalo e Ícaro) y del ciclo troyano (la manzana de la Discordia, el juicio de Paris, la bella Helena, Aquiles, la caída de Troya...) pero, ¿qué fue, según los griegos, lo que dio comienzo a todo? Lo cuenta Hesíodo, un poeta griego del siglo VIII a. C., en dos obras tituladas Teogonía y Trabajos y días.
Nos cuenta, en efecto, cómo al principio solo existía el Caos, un vacío lleno de tinieblas, del que surgieron Gea (la Tierra) y Eros (el Amor). Gea tuvo un hijo Urano (el Cielo) y con él tuvo varios hijos, llamados Titanes. Urano estaba convencido de que uno de sus hijos le robaría el sitio, por lo que los obligaba a quedarse dentro de la Tierra. Esta cada vez se sentía más pesada y pidió ayuda a sus hijos. El más pequeño de todos, Cronos (el Tiempo) logró hacerse con una hoz y...

“saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados dientes, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó por detrás.”
(Hesíodo, Teogonía, 180 y ss.)

De las gotas de sangre que brotaron nacieron las Erinias, encargadas de vengar los crímenes familiares. En cuanto a los genitales de Urano, flotaron por el Mediterráneo y de la espuma que salía alrededor nació una doncella, Afrodita, la diosa del amor sexual. 

El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli (s. XV)


Cronos se convirtió en el único señor del mundo e iba devorando a los hijos que tenía con Rea. Cuando estaba a punto de nacer Zeus, su último hijo, Rea huyó a Creta y se lo entregó a escondidas a la cabra Amaltea para que lo criara. A Cronos le dio una piedra envuelta en trapos y este la tragó sin desconfiar.

Saturno devorando a sus hijos, Francisco de Goya (s. XIX)

Cuando Zeus se hizo mayor, se enfrentó junto a otros dioses a los Titanes en la Titanomaquia y acabó por hacerse con el poder.

LA ERUPCIÓN DEL VESUBIO: POMPEYA

Uno de los episodios de la Historia de Roma con mayor presencia en el imaginario popular es el de la erupción del Vesubio, que trajo consigo la destrucción de Pompeya y Herculano. 

Dicha erupción tuvo lugar el 24 de agosto del año 79 d. C. y nuestra principal fuente para el conocimiento de lo ocurrido es el testimonio de primera mano de Plinio el Joven (s. I-II d. C.), que le relató lo sucedido al historiador Tácito (s. I-II d. C.) en una carta (6, 16). En ella cuenta cómo su tío, Plinio el Viejo, intrigado por la columna de humo que ascendía por encima de las montañas cercanas, salió a investigar en una embarcación ligera, dictó sus observaciones, terminó por marchar a la playa al día siguiente con una almohadilla en la cabeza para protegerse de los restos de rocas que caían y acabó muriendo asfixiado por los vapores.
Aquí os dejo una versión adaptada de dicha carta, que, si recordáis, tradujisteis parcialmente en un examen hace unos meses.
C. Plinius Tacito salutem plurimam dicit:
In urbe Miseno eramus, [ubi avunculus meus classem regebat]. Paucis diebus ante motus terrae crebros in regione Campania, senseramus. Sed ante diem IX Kal. Sep. hora fere septima nubem magnitudine inusitata vidimus; nubes e monte Vesuvio surgebat et simillima forma pino erat. Avunculus meus, vir doctissimus, navem petivit, [quod magnam rem cognoscere atque videre e proximo loco cupiebat]. Avunculus properat illuc [unde alii fugiunt]. Iam cinis, densior calidiorque, navi incidebat; mox cadebant nigri pumices et parvi lapides. Sed avunculus navis gubernatorem incitabat: “Fortes fortuna iuvat”. Interim e monte multis locis latissimae altissimaeque flammae relucebant.
Nos autem prima diei hora Miseno excedere statuimus. Vndique audiebamus feminarum atque infantium questus, virorum clamores; multi liberos, parentes aut coniuges requirebant atque manus ad deos tollebant. Tandem obscuritas disparuit: sol rursus luxit. Misenum revenimus et tristissimam rem accipimus: avunculi mei mortem.
Esta erupción es el marco en el que se desarrolla la nada, nada recomendable Pompeya (Paul W. S. Anderson, 2014). Mucho mejor es la recreación que de este episodio hizo la BBC (2003) y que veremos en las próximas sesiones. Así que... ¡poneos a cubierto!

jueves, 26 de abril de 2018

LA TRAGEDIA GRIEGA



Hemos hablado de cómo y cuándo se celebraban las representaciones teatrales pero no de su contenido. Dentro del género teatral o dramático, había en la antigua Grecia dos subgéneros: la tragedia y la comedia.
La tragedia tenía, por lo general, tema mitológico. Sus protagonistas son héroes del ciclo troyano (Agamenón, Áyax, Orestes...), tebano (Edipo, Antígona...), etc. y el argumento se basa en su caída desde la gloria. La “moraleja” que se desprende de la tragedia es la indefensión del hombre, su falta de recursos, que es un mero juguete en manos de los dioses o del Destino. Al contemplar la caída del héroe o heroína, el público experimentaba una oleada de simpatía y lástima y se purificaba, se purgaba de pasiones que no “convenían” a la vida de la πόλις. Este efecto de la tragedia en los espectadores recibe el nombre de catarsis. Se puede decir que el teatro era una forma organizada de introducir el desorden, lo irracional, en la vida de la ciudad.
Los grandes autores trágicos griegos vivieron en Atenas durante el s. V a. C.: Esquilo, Sófocles y Eurípides.
Esquilo es el primer dramaturgo griego del que conservamos una tragedia completa. Participó en la batalla de Maratón y probablemente también en la de Salamina (esta última es el tema de su tragedia Los Persas). Su obra más destacada es la trilogía la Orestía, que incluye sus tragedias Agamenón, Coéforos y Euménides.
Murió en Sicilia de un modo más que singular, tal y como se relata en el que debe ser uno de los peores capítulos en la larga historia de CSI, Las Vegas. Aquí os lo dejo para que os echéis las manos a la cabeza...


Sófocles fue probablemente el mejor de los trágicos griegos. Sus tragedias Edipo Rey y Antígona son modélicas y universales. Aún siguen emocionando a espectadores y lectores. De ellas hablaremos en las próximas sesiones.
EURÍPIDES es el más prolífico de los tragediógrafos. Sus personajes son más realistas, menos idealizados que los de Sófocles. Es el autor de tragedias magníficas como Medea y Bacantes.
En todas estas historias hay lugar para el incesto, el infanticidio, el parricidio y los más terroríficos y morbosos crímenes que podáis imaginar. Los asesinatos, eso sí, sucedían siempre fuera de escena y eran relatados por un heraldo, pues se entendía que representarlos ante el público atentaba contra el buen gusto. De ahí el origen del adjetivo “obsceno”. Determinadas acciones no deberían enseñarse al público, representarse delante de la escena (ob-scaena).