martes, 23 de febrero de 2021

EL IMPERIO ROMANO (I): AUGUSTO



Si hacéis memoria, recordaréis, espero, que la Historia de Roma podía dividirse en tres grandes períodos determinados por el régimen político:

MONARQUÍA
(753 a.C.-509 a.C)

REPÚBLICA
(509 a.C.-27 a.C.)
IMPERIO
(27 a. C.-476 d. C.)

Durante los meses anteriores estudiamos las características definitorias de Monarquía (‘gobierno de uno solo’) y República (‘la cosa pública’) y nos resta tratar del Imperio.
En el 27 a. C. Octavio, flamante vencedor de la batalla de Accio, recibió del Senado los títulos de augustus (‘majestuoso’, ‘venerable’) y princeps (‘el primero del Senado’) y se alteró notablemente el equilibrio de poderes del período republicano. Se mantuvieron el Senado y las magistraturas republicanas pero como mera fachada. Recordad que para los romanos todo lo que oliera a acumulación de poderes por parte de una sola persona recordaba a la monarquía y resultaba odioso. Así que Augusto mantuvo las instituciones republicanas pero las vació de poder.
Así, creó dos nuevos órganos administrativos que dependían directamente de él: el Consejo del príncipe, que con el tiempo llegó a suplantar a los senadores, y el alto funcionariado, dotado de poder ejecutivo.
Se rodeó, además, de una guardia personal, la guardia pretoriana, y de cohortes urbanas, cuyo objetivo era mantener el orden en la ciudad.
El ‘reinado’ de Augusto supuso, pues, una considerable pérdida de libertades, aunque también se logró una relativa calma interna y externa. Por ello suele hablarse de la pax augusta. Esta calma vino acompañada del embellecimiento de Roma con templos, basílicas y pórticos y Augusto se rodeó, además, de un grupo de literatos –los principales autores clásicos- que, bajo la protección de su amigo Mecenas, se dedicaron a engrandecer el nombre de Roma y del propio Augusto: Virgilio, Propercio, Horacio... De este Mecenas toma su nombre la designación que en nuestra lengua se da a todo protector de las artes.

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