viernes, 22 de septiembre de 2017

UNA BIBLIOTECA EN LA QUE PERDERSE: EL LABERINTO DEL MINOTAURO



En lo más oscuro de la Edad Media el joven Adso y su maestro Guillermo de Baskerville llegan a una abadía de Italia, cuyo nombre prefieren no mencionar, con la intención de participar en un debate intelectual sobre el camino que ha de tomar la Iglesia. Nada más llegar, el sagaz Guillermo recibe del abad el encargo de hallar al culpable de la oleada de terribles crímenes que parecen anunciar el Apocalipsis pero pronto se muestran relacionados con un peligroso libro. Y es que, las más de las veces, amigos míos, el saber resulta de lo más peligroso.
Tal es el argumento de una novela titulada El nombre de la rosa de Umberto Eco y de una magnífica película homónima de 1986 que, dirigida por Jean-Jacques Annaud, viene a contradecir aquello de “el libro es siempre mejor que la película”.
Aquí os traigo un pequeño adelanto de la película. Nuestra particular pareja de detectives ha conseguido, por fin, burlar la vigilancia del bibliotecario y acceder a la zona prohibida de la biblioteca que resulta ser, ¡oh, sorpresa!, un laberinto de lo más endemoniado. Un leve despiste de Adso lo lleva a separarse un momento de su maestro. El reencuentro es más que difícil y también hallar la salida. Sin embargo, una imaginativa maniobra de Adso facilita mucho las cosas y, casi al final del clip, Guillermo lo felicita con las siguientes palabras: “Muy bien, muchacho. Tu educación clásica nos viene de perlas”.


¿A qué se refiere fray Guillermo? Se refiere, por supuesto, a uno de los episodios más célebres de la mitología clásica, incluido en el ciclo cretense y referido al laberinto de Cnossos. Cuenta el mito que habitaba en dicho laberinto el Minotauro, monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro nacido del amor contra naturam de Pasífae, esposa de Minos, rey de Creta, y un toro de singular belleza enviado por Posidón. Minos, avergonzado de tal ser, hizo que Dédalo, arquitecto de gran renombre, construyera un laberinto inextricable en el que lo encerró. A tal monstruo debían rendir un tributo humano los atenienses, en pago por una derrota bélica. Cada año, o cada nueve años, según las versiones, los atenienses debían enviar a Cnossos siete muchachos y siete muchachas para alimentar a la bestia. Teseo, héroe ateniense, hijo del rey Egeo, se las ingenió para ser incluido en el grupo e intentar así acabar con el monstruo. A su llegada a Creta, se enamoró de él Ariadna, hija de Minos. Esta le dio un ovillo de hilo que debía ayudarle a no perderse en el laberinto. A cambio, Teseo debía casarse con ella y sacarla de Creta. Teseo logró dar muerte al Minotauro –tan solo con sus puños, según el mito- mas en el viaje de vuelta a Atenas, abandonó a Ariadna en la isla de Naxos. Allí esta se habría casado posteriormente con el dios Dioniso.
A su regreso a Atenas, Teseo olvidó cambiar el juego de velas negras que llevaba por otras blancas, que habían de indicarle a su padre, el rey Egeo, que su misión había tenido éxito, según un sistema de señales convenido antes de la partida. Egeo, que vigilaba la costa, creyó al ver las velas negras que su hijo había muerto y se suicidó tirándose al mar que desde entonces se conoce como Egeo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario