viernes, 13 de mayo de 2016

GEOGRAFÍA INFERNAL II: ORFEO Y EURÍDICE



Continuamos con nuestro viaje –por suerte, virtual- por el inframundo grecolatino, con una de las más célebres historias de amor de la Antigüedad que, cómo no, lo es también de muerte. Es la historia de Orfeo y Eurídice y del intento desesperado del primero por rescatar a la segunda.
Era Orfeo un poeta tracio, hijo de la musa Calíope, que con su música y su canto amansaba a las más salvajes fieras. Cuentan Virgilio y Ovidio que un día, su esposa Eurídice, una bella ninfa, corría para escapar del acoso de un sátiro y pisó por accidente a una serpiente que, encolerizada, la mordió. Murió Eurídice antes de tiempo y su esposo Orfeo, armado tan solo con su lira y con su voz, descendió a los Infiernos empeñado en recuperarla.
Se encontró Orfeo a Caronte, el viejo y tacaño barquero, y tan solo con su música, sin pagar peaje alguno, lo convenció para que lo llevara al otro lado de la laguna Estigia. Allí lo esperaba el horroroso Cerbero, el perro de Hades, que vigilaba la entrada y, sobre todo, la salida de los Infiernos. Tenía tres cabezas de perro, su cola era una venenosísima serpiente y salpicaban su dorso innumerables cabezas de reptil. Orfeo solo necesitó unos pocos tañidos de su lira para volver a Cerbero tan manso e inofensivo como un caniche. Se dirigió entonces al palacio de Hades y Perséfone –era invierno por entonces y la hija de Deméter cumplía con sus obligaciones como esposa- y, a su paso, todas las almas que en el Infierno penaban se olvidaban por un momento de sus tormentos y creían haber alcanzado, al fin, la paz. Convenció, por último, con su canto al inconmovible matrimonio infernal, a Hades y Perséfone, que, hechizados por él, o tal vez no, impusieron tan solo una condición al regreso de Eurídice: esta podría volver con Orfeo al mundo de los vivos, si y solo si él marchaba en cabeza todo el camino y no se volvía a mirar a su esposa hasta que ambos estuvieran a salvo bajo la luz del sol. Extraña condición, es cierto, y muy difícil de cumplir. Pues ¿cómo podría Orfeo estar seguro de que su esposa lo seguía de veras y de que no había sido burlado por el malvado Hades?
En cualquier caso, aceptó. Al fin y al cabo, nadie dijo que los dioses les pusieran las cosas fáciles a los mortales. Ambos se pusieron en marcha según lo convenido. Él en cabeza, cantando y tocando alegremente, pues volvían por fin a casa, y ella a su espalda, unos cuantos pasos por detrás. En el último momento, sin embargo, Orfeo comenzó a temer: ¿tan grande era el poder de su lira? ¿no estarían Hades y Perséfone riéndose a su costa y Eurídice aún sufriendo los tormentos infernales? Y cuando ya empezaba a vislumbrarse la luz y a punto estaban los enamorados de demostrar que el amor, como dijo Quevedo, es, en efecto, más poderoso que la muerte, Orfeo se olvidó de la prohibición, se volvió para mirar a Eurídice y esta se desvaneció al momento para siempre. 
Triste, ¿verdad? Pues aún empeora. Orfeo no se recuperó jamás de la pérdida y vagó hasta el fin de sus días como un alma en pena, fiel a la memoria de su esposa. De hecho, un grupo de ménades o mujeres furiosas le dieron muerte, celosas del fantasma de Eurídice. Le cortaron la cabeza, despedazaron su cadáver y arrojaron los trozos al río. Las Musas recogieron sus pedazos y los enterraron al pie del monte Olimpo. Cuentan que, desde entonces, los ruiseñores cantan allí más dulcemente que en ningún otro lugar. Y este fue el trágico final de Orfeo, el poeta enamorado que desafió a la muerte. ¿Esperabais un final feliz? De veras lo siento. Nadie dijo que la vida fuera justa. Tan solo es más justa que la muerte... a veces.

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