martes, 10 de mayo de 2016

GEOGRAFÍA INFERNAL (I): EL RAPTO DE PERSÉFONE

Hablábamos el otro día de Asclepio y de su sorprendente talento para traer de vuelta a los muertos y lo cierto es que apenas hemos hablado nada de los Infiernos y su particular geografía. Sí habíamos mencionado, creo, que los Infiernos no tienen la connotación negativa que tienen para nosotros por obra y gracia de la tradición cristiana. Me explico. Resultaban temibles porque allí habitaba Hades, el dios de los muertos, y porque, como ahora, la muerte no era una perspectiva muy atractiva. Sin embargo, en los Infiernos estaban tanto los justos como los malvados. Infierno significaba, simplemente, “lo que está debajo”.
Dos de los mitos más célebres relacionados con el inframundo son el rapto de Perséfone y la trágica historia de Orfeo y Eurídice. Vamos hoy con el primero.
Hades, el Plutón latino, recibía también el nombre eufemístico del “invisible” por parte de aquellos que temían atraerlo, al pronunciar su nombre. Reinaba sobre los muertos de manera cruel y despiadada junto con su esposa Perséfone, la Proserpina de los latinos. Hubo un tiempo, sin embargo, en que Perséfone habitaba entre los vivos como una alegre muchacha. Tan alegre era, de hecho, que su malvado tío Hades -¡sí, su tío!- se enamoró de ella y la raptó para que reinara junto a él en los Infiernos. Su madre Deméter, diosa de la tierra, los cereales y la agricultura, la buscó en vano durante nueve días, mas, al llegar el décimo, escuchó el rumor de que Perséfone había sido raptada por Hades. Decidió entonces, furiosa, no regresar al Olimpo. Adoptó la forma de una anciana y se sentó en una piedra a lamentarse. En su ausencia, la tierra dejó de dar fruto y los hombres y animales comenzaron a morir de hambre. Ese habría sido ciertamente nuestro final, si no hubieran intervenido los dioses.
Zeus envió a Hermes, su mensajero, en busca de Deméter, pero ella se negó a retomar sus labores si no recuperaba a su hija. Acudió entonces Hermes al Infierno y allí intentó que Hades devolviera a la muchacha. Sin embargo, tan malvado como astuto, Hades se las ingenió para que la muchacha comiera unos granos de granada. ¿Y qué? Me diréis. Resulta que, según una ley ancestral, todo aquel que hubiera probado la comida del inframundo, debía permanecer para siempre junto a los muertos. Perséfone estaba, pues, condenada. Y con ella la raza humana, pues ¿de qué se iban a alimentar los hombres si Deméter no permitía que las semillas germinasen? Se llegó entonces al salomónico acuerdo de que Perséfone pasara la mitad del año en la tierra y la otra mitad en los Infiernos. Pero esto vosotros ya lo sabéis, porque, cuando Perséfone se reúne con su madre en las estaciones que llamamos Primavera y Verano, todo cobra vida. Cuando, al contrario, es arrebatada de nuevo a los Infiernos junto a su esposo Hades, las hojas caen y el suelo se vuelve estéril. Se trata, claro está, del Otoño y el Invierno.
Este mito, que da explicación de la sucesión de las estaciones, es lo que se denomina mito etiológico, pues da cuenta de las causas (< αἰτία, “causa”).
En la próxima entrega nos ocuparemos de Orfeo y Eurídice pero no me resisto a dejar aquí un magnífico clip extraído de El sentido de la vida de los Monty Python, sobre lo que ocurre cuando la Muerte, “la de la guadaña”, se junta con los vivos. ¡Todo el mundo a reír!

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