miércoles, 17 de febrero de 2016

ALEJANDRO MAGNO... ¡A LA CONQUISTA DEL MUNDO!



Llevamos insistiendo desde principio de curso en la idea de que “Grecia” fue durante siglos tan solo un constructo cultural y lingüístico, no administrativo. Sin embargo, la independencia de las diferentes póleis, algunas de ellas con un sistema tan participativo y democrático como Atenas, sufrió un fuerte retroceso cuando en el año 338 a. C., el territorio griego fue invadido por Filipo II, rey de Macedonia (vecinos norteños de Grecia). Entonces por vez primera fueron todos los griegos sometidos al gobierno de una sola persona. Contra el rey Filipo dirigió Demóstenes -aquel magnífico orador griego del que el otro día os hablaba, el que se metía guijarros en la boca- sus célebres Filípicas.
Hijo del rey Filipo fue Alejandro Magno, el más grande general de la Antigüedad. Discípulo de Aristóteles -ahí es nada- durante su juventud, mostró desde bien pronto dotes de mando y aspiraciones de conquista, que le permitieron sofocar las revueltas griegas y lo lanzaron a Asia a la guerra contra los persas. En su marcha por Asia llegó incluso hasta la India, escenario mítico y prodigioso para los macedonios. Alejandro gustaba de presentarse como héroe homérico. Guardaba como un tesoro su ejemplar de la Ilíada, cuando visitó Troya por primera vez ofreció un sacrificio sobre las tumbas de diversos héroes y se presentaba como descendiente del mismo Zeus.
En el año 323 a. C. se sintió enfermo de repente en el transcurso de una fiesta, según algunos por un proceso febril, según otros, por haber sido envenenado. Murió al cabo de diez días. Su hazaña más duradera fue la de haber extendido la lengua y las instituciones griegas por el mundo oriental. Las ciudades-estado griegas jamás recobraron la independencia que habían perdido con Filipo.


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