domingo, 10 de enero de 2016

LA DEMOCRACIA ATENIENSE



Dilectissimi alumni, annum novum faustum! / καλή χρονιά! A saber, ¡Feliz Año Nuevo! Es tiempo de buenos propósitos y uno de los míos es dedicar un poco más de espacio en este lugar a la Historia y la Cultura Grecolatina. Seguro que al menos una de vosotros lo va a agradecer. Veíamos hace un par de meses ya (tempus fugit!) algunas de las características distintivas de la pólis griega, definida, ante todo, por su independencia y autonomía. Siendo esto así, no extraña que las distintas ciudades-estado en las que a lo largo de las épocas Arcaica y Clásica floreció la cultura griega se rigieran por diferentes regímenes políticos.
Cuando se habla de las deudas que nuestra civilización tiene con la griega, se insiste con frecuencia en que a los griegos les debemos la democracia, considerada por la mayoría como el mejor -o el menos malo- de los regímenes posibles. Sin embargo, esto no es del todo exacto. En efecto, la democracia fue innovación no de los griegos en general, sino de los atenienses en particular y, frente a lo que sucede hoy día, en que se caracteriza, sobre todo, por ser de tipo representativo y por la pasividad de la ciudadanía, era de tipo directo y fue el resultado de un largo proceso evolutivo que partió de la monarquía y se tornó después oligarquía, tiranía y, finalmente, democracia.
Como señala Pedro Olalla en Grecia en el aire (Acantilado, 2015), que todos deberíais apresuraros a leer, no existía en Atenas por entonces (siglo V a. C.) la distinción nosotros-ciudadanos // ellos-políticos, sino que eran los propios ciudadanos los que se encargaban de la gestión de lo público, siempre con el bien común como objetivo y con abundancia de mecanismos de control para evitar la corrupción y la búsqueda del bien particular.


Por supuesto, como es sabido, no todos los habitantes de Atenas participaban de este sistema. Quedaban excluidos los esclavos y las mujeres. El sufragio femenino y la abolición de la esclavitud son conquistas demasiado recientes, me temo, y, por desgracia, todavía no universales.
En cualquier caso, las instituciones democráticas atenienses eran estas:
- La Asamblea o ἐκκλεσία estaba constituida por todos los ciudadanos con derecho a voz y voto -que no solo eran un derecho sino una responsabilidad-. Aprobaba las leyes, elegía a los magistrados y decidía sobre la paz y la guerra.
- El Consejo o βουλή, constaba de 500 miembros, 50 por cada una de las 10 tribus atenienses, según el sistema establecido por Clístenes. Preparaba las leyes que habían de votarse en la Asamblea, controlaba a los magistrados, velaba por el culto religioso, se encargaba de la diplomacia y vigilaba el empleo del dinero público.
- El poder ejecutivo estaba en manos de magistrados: estrategos o generales, arcontes y tesoreros. Los primeros eran jefes de los ejércitos y, en virtud de sus éxitos militares llegaron a alcanzar un gran prestigio y a ejercer un papel esencial en la ciudad, como Pericles. Los arcontes se ocupaban de asuntos civiles y administrativos y presidían las ceremonias religiosas. Los tesoreros, en fin, eran los encargados de la hacienda.
- El poder judicial estaba también en manos de los ciudadanos. No había, pues, división de poderes, pero tampoco se consideró necesaria, dado que la intervención en los tribunales de la ciudad se determinaba por sorteo y estos se constituían y disolvían casi a diario. Resultaba prácticamente imposible intentar un soborno.

Termino ya, os dejo con un revelador párrafo, de nuevo de Pedro Olalla y su Grecia en el aire, acerca de las diferencias entre la democracia ateniense de entonces y las democracias modernas. ¡Ay, la deriva semántica!

“Las democracias de nuestro tiempo nada tienen que ver con aquel proyecto radical y revolucionario que existió un día aquí en Atenas. Ya hemos llegado a comprender por qué. Entonces, no existía la oposición entre gobierno y ciudadanos: los ciudadanos eran el gobierno. El último poder de decisión no estaba en representantes o líderes, sino en el conjunto de los ciudadanos. No existían partidos con estructuras jerárquicas, listas cerradas, disciplinas de voto y hombres de paja al servicio de intereses; existía una amplia asamblea sin sitio para marionetas y encargada de definir constantemente el bien común. Entonces no había profesionalización de la política ni apoltronamiento en los puestos, sino implicación de todos en las causas comunes por un espacio limitado de tiempo. Entonces no había elecciones cada cuatro años y referenda escasos y no vinculantes, sino una implicación continua del pueblo en la toma de decisiones. Entonces existía el “proceso contra ley” y el “proceso contra ley no beneficiosa para la comunidad” como recursos para exigir responsabilidades ante las decisiones contrarias al bien de la ciudad; hoy tenemos la “inmunidad parlamentaria” para dar cobertura a la irresponsabilidad. Y lo más importante: en aquellos momentos, todos los ciudadanos tenían experiencia política: cada uno podía ser presidente de la Asamblea (por un día y por sorteo), miembro del Consejo (por un año, o dos no seguidos), funcionario (por sorteo), agoranomos (por un año), miembro de un jurado (por sorteo), éforo, arconte o general si resultaba elegido, y, por supuesto, miembro de la Asamblea cuantas veces quisiera. ¿Qué espacio reservan hoy nuestras deficientes democracias para la implicación del ciudadano en la política?”
Grecia en el aire, Pedro Olalla (Acantilado, 2015)

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