lunes, 26 de octubre de 2015

LOS INICIOS DE LA MONARQUÍA (II): HORACIOS Y CURIACIOS



El siguiente rey de Roma fue Numa Pompilio, al que las historias nos presentan como un rey filósofo y pacífico, entregado a la reflexión, que dedicó su reinado a la unificación de la religión de los diversos pueblos –los propios romanos, los sabinos y los etruscos- que habían confluido en Roma.
Mucho más inquieto fue su sucesor, Tulo Hostilio, que, ansioso por expandir el territorio de Roma, llevó la guerra contra Alba Longa. Dio la casualidad de que coincidieron en los dos ejércitos enemigos dos pares de trillizos: los Curiacios por el lado albano y los Horacios por el lado Romano. Decidieron ambos ejércitos que la suerte de la guerra se decidiera en un combate entre Horacios y Curiacios. Pronto adquirieron ventaja los Curiacios, que dieron muerte a dos de los Horacios. El tercer Horacio, viéndose en inferioridad contra los tres Curiacios y sabedor de que su única posibilidad era enfrentarse a cada rival por separado, echó a correr para que cada enemigo lo siguiera en la medida de sus posibilidades. Cuando lo alcanzaba el segundo Curiacio ya el Horacio había dado muerte al primero. Y para cuando el tercer Curiacio quiso ponerse a su altura, ya el Horacio había acabado con el segundo. Quedaba pues la suerte de la guerra en manos de un combate singular en el que el Horacio acabó con el último Curiacio.
Sin embargo, uno de los Curiacios muertos estaba prometido a la hermana de los Horacios y cuando esta vio llegar a su hermano con los despojos de su prometido, comenzó a lamentarse. Se encolerizó el Horacio por este lamento a destiempo que venía a estropear su gran momento de gloria y atravesó a su hermana con la espada. Los romanos, horrorizados por el crimen, llevaron a juicio al Horacio, al que sólo salvó de la condena a muerte una intervención in extremis de su padre, que rogó a los jueces que no lo dejaran sin hijos –de cuatro que tenía- en un solo día. 


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