viernes, 18 de septiembre de 2015

BREVE HISTORIA DE LA LENGUA GRIEGA (II): “MISSOLONGUI, 1824”, JOHN CROWLEY



Al derrumbe del mundo micénico siguieron varios siglos de silencio, de los que no disponemos de ningún testimonio. Habrá que esperar al 800 a. C. para volver a tener testimonios escritos, que ya no serán silábicos sino alfabéticos. Además, en época Arcaica se advierte ya una acusada fragmentación dialectal, tal y como se aprecia en el siguiente mapa:


Esta fragmentación perduró durante la época Clásica. De hecho, cada género literario llevaba asociado un dialecto. Así, el ático que estudiaremos en clase fue la lengua de la filosofía de Platón, de la historiografía de Tucídides, de determinadas partes del drama, etc. El dorio fue, a su vez, la lengua de la lírica coral.
Las diferencias dialectales se fueron perdiendo en favor de una lengua común, κοινή γλῶσσα, lengua de cultura y de uso comercial. Esta es la lengua de las primeras traducciones griegas del Antiguo Testamento y de la redacción del Nuevo Testamento.
El griego pervivió durante siglos como lengua del mundo bizantino o del Imperio Romano de Oriente, cuya caída no se produjo hasta 1453. Fueron los eruditos que entonces escaparon de la destrucción de Constantinopla a manos de los turcos quienes recuperaron el conocimiento del griego en Occidente, mientras en Oriente el esplendor griego quedó reducido a las ruinas posteriormente descubiertas por los viejos poetas románticos del s. XIX.
A propósito de esto último, os traigo aquí hoy un hermoso pasaje del relato “Missolongui, 1824”, incluido en Antigüedades de John Crowley, en el que un moribundo Lord Byron se deja llevar por la nostalgia:
«Tan pronto como mis pies tocaron estas playas, supe que por fin había llegado a mi verdadero hogar. Yo no era un ciudadano de Inglaterra en viaje por el extranjero. No: éste era mi país, mi clima, mi aire. Escalé el Himeto y escuché a las abejas. Subí a la Acrópolis. (Lord Elgin conspiraba a la sazón para saquear los edificios: quería llevar las estatuas a Inglaterra, enseñar a esculpir a los ingleses; a los ingleses que son tan capaces de esculpir como tú de patinar). Estuve en el bosque sagrado de Apolo en Claros: sólo que ya no existe allí ningún bosque, ahora todo es polvo. Tú, Loukas, tú y tus padres habéis talado todos los árboles, y los habéis quemado, no sé si por resentimiento o porque necesitabais leña, pero allí me detuve en medio de las nubes de polvo, a pleno sol, y pensé: He llegado dos mil años demasiado tarde. Ésa era la pena que empañaba mi felicidad, ¿te das cuenta? Yo no menospreciaba a los griegos de hoy, como lo hacían muchos de mis compatriotas, no pensaba como ellos que han degenerado, y que se merecen a sus amos turcos. No, yo me deleitaba con su compañía, muchachas y muchachos, albaneses, suliotas y atenienses. Estaba enamorado de Atenas, de sus calles estrechas y escuálidas, de sus mercados. No hacía excepción alguna. Sin embargo... Cómo deseaba no haberla perdido, y qué bien sabía que la había perdido para siempre. La Grecia de Homero; la de Píndaro; la de Safo. Sí, mi joven amigo: tú conoces soldados y ladrones con esos nombres; yo hablo de otros».


Muchas son las referencias clásicas de este pasaje y nuestra tarea es localizarlas y averiguar qué realidades esconden. ¡A ello!

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